MI TESTIMONIO DE CONVERSIÓN: Juan Pablo De Nardo
- Iglesia Cristiana Evangelica Tandil
- 26 jul
- 8 Min. de lectura

“De las misericordias de Jehová haré memoria, de las alabanzas de Jehová, conforme á todo lo que Jehová nos ha dado, y de la grandeza de su beneficencia…que les ha hecho según sus misericordias, y según la multitud de sus miseraciones.” Isaías 63:7
Hacer memoria. Una actitud bíblica y muy beneficiosa, para aquellos que recuerdan las bendiciones que el Señor hizo en su propia vida, y para todos los que leen o escuchan ese testimonio. Así lo hizo el gran Apóstol Pablo, en varias ocasiones (Hechos 22:6 a 11; 26.12 a 18; 1 Corintios 15:8 a 10; 1 Timoteo 1:15 y 16) y así lo hizo el Rey Nabucodonosor (Daniel 4). En numerosas veces lo vemos al Rey David, relatando sus experiencias en muchos de los Salmos (Salmo 34; etc.); también los apóstoles, verdaderos testigos de las maravillas de Dios y la Gloria de Jesús (1 Juan 1: 1 a 4), entre muchos otros ejemplos que podríamos citar.
Hoy me toca a mí pararme un poco en el camino y mirar hacia atrás, para cumplir con el mandato del Señor, ya que los encargados de la Reunión de Jóvenes me pidieron que comparta mi testimonio de conversión en la reunión del 5 de julio de 2025.
“Y acordarte has de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, por probarte, para saber lo que estaba en tu corazón, si habías de guardar ó no sus mandamientos.” (Deuteronomio 8:2)
Ya a menos de un año de cumplir 50 años, puedo decir que se cumplen en mi las palabras de uno de mis versículos predilectos: “Gustad, y ved que es bueno Jehová: dichoso el hombre que confiará en él.” (Salmo 34:8) Puedo aseverar por propia experiencia que Jehová es bueno, que pude gustarlo y ver Su infinita bondad para conmigo y que, en esta mirada retrospectiva, puedo reconocer Su Mano. Esa Mano que un día me formó en el vientre de mi madre; esa Mano que me hizo nacer con vida y buena salud; esa Mano que un día quiso tomar la mía -a pesar de mi indignidad- y que a muy temprana edad me fue guiando para llegar a conocer mi profundo pecado y luego ver el Camino de la Salvación.
Mi conversión sucedió un día sábado 10 de febrero de 1990, cuando yo tenía 13 años. Era mi segundo Campamento Juvenil en Necochea, que organizaba la amada Iglesia de allí. Los asistentes se dividían en dos grupos para las reuniones de los Ateneos de la tarde. Como yo pertenecía al grupo de los más chicos, me tocaba escuchar al Pastor Arturo Poletti. Él era uno de los pastores de la Iglesia en La Plata, quien había guiado y sido de mucha bendición para mis padres cuando eran jóvenes y aún solteros. Ahora el mismo pastor iba a ser de bendición para mi vida, porque se dejaría usar como instrumento útil en las Manos del Señor. Dios había preparado para mí un mensaje sobre Gálatas 5: 19 a 21. Ese sábado Él iba a usar esa voz pausada y tierna del pastor Arturo, para mostrarme mi condición de pecador perdido. Y les cuento cómo ocurrió…
La lectura inicial decía: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes á éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gálatas 5:19 a 21)
Cuando yo oí esta lectura en primera instancia, enseguida pensé (equivocadamente) que esta palabra “no era para mí”… “Yo no era adúltero, ni fornicaba” (¡ni siquiera estaba pensando en tener novia!!!)… No era idólatra, porque sabía muy bien que no debía tener crucifijos ni “virgencitas”; mucho menos era homicida, porque yo era alguien muy tranquilo y buen alumno en el Colegio y nunca usaba de violencia física… Pensaba que tampoco se aplicaba a mi vida lo de las borracheras y banqueteos, porque nunca había tomado alcohol hasta ese momento… Es decir, según mi opinión, yo no necesitaba esa Palabra porque sencillamente, “no aplicaba a mi vida”.
Pero el Ateneo siguió avanzando y recuerdo claramente que el Pastor Poletti dijo que, con la ayuda del Señor, íbamos a ir analizando cada una de estas 17 palabras, para ver si querían decir algo más de lo que significaban en su primera acepción del Diccionario. Y fue entonces en ese momento que el Señor comenzó a obrar su proceso de “redargüir” mi conciencia. Me hizo ver que no era necesario cometer el hecho mismo del adulterio para ser adúltero. Lo estaba siendo cada vez que miraba una mujer para codiciarla, adulterando en mi corazón (Mateo 5:27) aun cuando el hecho no fuera consumado. Que era fornicario cada vez que no sabía tener mi cuerpo o mi “…vaso en santificación y honor” (1 Tesalonicenses 4:4). Que tenía inmundicia que salía de la fuente misma de mi corazón y mi mente, la cual me ensuciaba y ensuciaba a otros siendo entonces un inmundo (Marcos 7: 20 a 23). Nos enseñó que la disolución era la relajación de la vida y las costumbres, y pude ver que yo era amador “…de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:4) apartándome así de la ley de Dios y siendo disoluto (Santiago 5:5). Que era un idólatra “con todas las letras”, porque la avaricia es idolatría (Colosenses 3:5) y que yo tenía “ídolos” en mi corazón. El Señor me hizo ver que, aunque no me arrodillaba ante las estatuas, estaba sirviendo al mundo, a mi propia vida e intereses, y amaba “cantantes o ídolos adolescentes” que en ese tiempo, tanto me gustaban. Que era también hechicero porque alguna vez había tenido curiosidad en “cosas mágicas” o en supersticiones y adivinación por medio de juegos de “predecir el futuro” (Levíticos 19:31). Que era un verdadero enemigo de Dios cuando me oponía a Él, pero también lo era cuando discutía con alguien. Que estaba lleno de pleitos porque vivía peleándome con mis dos hermanos en mi casa. Que era celoso y tenía ira, porque muchas veces me enojaba locamente con ellos (Mateo 5:22). Por eso me reconocía entre los que iniciaban o mantenían las contiendas, discutiendo siempre, quejándome de otros o queriendo tener la razón a toda costa, generando disensiones, (que significa “desunión”). Entendí que era un hereje cuando relativizaba lo que Dios me decía en Su Palabra, o no lo llevaba a la práctica. Que tenía envidias cada vez que me impacientaba por tener algo (Salmo 37:1). Me di cuenta, por la luz del Señor, que también era un homicida, porque “Cualquiera que aborrece á su hermano, es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permaneciente en sí.” (1 Juan 3:15) Que era un borracho potencial y me gustaban los placeres de la comida, en el banqueteo. Y para finalizar la lista, el Señor en su infinita sabiduría, agregó la frase “…y cosas semejantes a estas…”, por si mi mente astuta y engañosa pretendía refugiarse en la excusa de decir que “de este o tal tema La Biblia no dice nada”. Con esta frase estaban encerrados todos los otros pecados que no estaban detallados allí y que yo podía tener.
A esa altura de la reunión yo estaba avergonzado en gran manera. Sentía que, contrariamente a mi primera impresión, yo era todo eso y mucho más. Que era un miserable y estaba eternamente perdido. Hasta ese momento yo me había considerado un buen hijo, buen estudiante, iba a todas las reuniones. Pero ahora, por primera vez me había visto a mí mismo como una inmundicia total, un pecador completamente extraviado. Por eso comencé a llorar en silencio en mi lugar, conmovido profundamente por la Palabra de Dios que había mostrado una radiografía clara de mi condición.
Como siempre hace el Señor, no me dejó en esa tristeza, sino que inmediatamente me auxilió, extendiéndome Su Mano, trabando de la mía para sacarme del lodo de pecado en el cual me estaba hundiendo. Fue allí que entonces el pastor Arturo dijo que no nos entristeciéramos, porque así como el Señor quería mostrarnos nuestra indignidad, también quería mostrarnos EL CAMINO de la SALVACIÓN. Nos dijo que miráramos a Cristo, pidiéndole que quisiéramos ser salvos y que nos hiciera hijos suyos. Agregó que, si lo sentíamos, pasáramos adelante y nos arrodilláramos para pedirle perdón al Señor. ¡Y así lo hice!!! Allí experimenté lo que es “dejar todo el peso del pecado” ante Su Cruz. Le confesé todos mis pecados y recibí Su Perdón. Pude sentir el alivio y me levanté liviano. Pronto vino la verdadera Paz, que sólo puede dar Jesús y ese mismo día fui recibido a misericordia, haciéndome Su Hijo.
Hoy quiero glorificar a Dios y, como dice el corito, “recuerdo el bello día con santa alegría en que aprendí que Cristo era mi Salvador.”
Esa Mano que un día me tomó de adolescente, me siguió guiando luego al tener que “dar saltos más grandes” y tomar decisiones – aunque terrenas - trascendentales también, como fue el momento de elegir carrera terciaria, profesión, trabajo. Me ayudó a dar “pasos de fidelidad”, cuando entendí que debía bautizarme y comprometerme con Cristo, viviendo como su seguidor y verdadero discípulo, un 6 de abril de 1996, en la Iglesia en La Calera. También cuando sentí el llamado a servirle, para lo cual debía prepararme e inscribirme en la Escuela Bíblica… tomando así una de las mejores decisiones de mi vida cristiana.
También pude sentir Su Mano apretada en aquella bella etapa de estar pendiente para entender cuál era la Santa Voluntad de Dios para mi vida respecto a buscar la “Ayuda Idónea” y formar un hogar cristiano. Luego, ya con mi esposa Gaby, pudimos ver la Compañía constante del Señor en tiempos de pedir por los hijos que vendrían, y que en Su Gran Amor, nos quiso dar cuatro!
Las Manos Divinas también apretaron fuerte las mías, cuando tuve que pasar cuestiones menores de salud, y las sentí más fuertes aun cuando transité por una operación tan grande como la de mi cabeza ya hace dos años. Allí pude ver Sus cuidados amorosos mostrándome un diagnóstico delicado, pero que con Su Preciencia me anticipó y me libró de muerte segura. (“Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” Salmo 139:10)
También esas mismas Manos me guiaron a tomar el don que me dio y ponerlo al servicio Suyo y hoy siguen guiándome en el desarrollo del pastorado en la Iglesia en Tandil, sólo por Su Gran Misericordia. En el llamado al Servicio pude ver cómo fue ordenando las cosas, mientras allí en los Cielos abría Sus brazos para recibir a mi padre que estaba a punto de finalizar su ministerio como pastor, me recibía aquí en las filas de Sus obreros.
“…y comenzándose á hundir, dió voces, diciendo: Señor, sálvame. Y luego Jesús, extendiendo la mano, trabó de él…” Mateo 14:30 y 31
“Mas yo era ignorante, y no entendía: era como una bestia acerca de ti. Con todo, yo siempre estuve contigo: trabaste de mi mano derecha. Hasme guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria.” Salmo 73:22 a 24
Deseo seguir siempre tomado de esas benditas Manos hasta el día en que me llame a Su Presencia o nos venga a buscar para ir con Él. Y los invito a todos los lectores de este Boletín a gustar del Señor y pedirle Su auxilio, tomando la Mano que sigue hoy ofreciendo amorosamente. Amén.